Me he sentado, esta mañana, en mi balcón, para ver el mundo. Y él, caminante, se detiene un punto, me saluda y se va.
Menudos pensamientos míos, ¡con qué rumor de hojas suspiráis vuestra alegría en mi imaginación!
Tú no ves lo que eres, sino su sombra.
¡Qué necios estos deseos míos, Señor, que están turbando con sus gritos sus canciones! ¡Haz Tú que solo sepa yo escuchar!
No soy yo quien escoge lo mejor, que ello me escoge a mí.
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, amanece; ¿por qué susurra el viento del sur entre las hojas recién nacidas? Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, la medianoche entristece con nostálgico silencio a las estrellas?
Sé que esta vida, aunque no madure el amor, no está perdida del todo.
Menudos pensamientos míos, ¡con qué rumor de hojas suspiráis vuestra alegría en mi imaginación!
Tú no ves lo que eres, sino su sombra.
¡Qué necios estos deseos míos, Señor, que están turbando con sus gritos sus canciones! ¡Haz Tú que solo sepa yo escuchar!
No soy yo quien escoge lo mejor, que ello me escoge a mí.
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, amanece; ¿por qué susurra el viento del sur entre las hojas recién nacidas? Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, la medianoche entristece con nostálgico silencio a las estrellas?
Sé que esta vida, aunque no madure el amor, no está perdida del todo.